El final de primavera suele ser un mes propicio para la organización de eventos populares al aire libre. Muchos de ellos promovidos por colectivos y entidades sin ánimo de lucro que buscan desarrollar los fines para los que fueron creados en su ámbito cultural, deportivo, solidario, político…

En las últimas semanas he tenido oportunidad de participar en algunos de esos eventos aportando y disfrutando en mi calidad de asistente, colaborando en algunos casos, pero en un plano no directamente vinculado a la organización. Por deformación profesional he intentado observar tanto aquellos aspectos que son más obvios para los que asistimos (los que solemos valorar) y aquellos otros que están en el backstage de todo evento (los que no se ven).

De entre los aspectos observados me quedo con dos: El primero es el referido a la importancia del sentir colectivo, y de la cultura de la participación. Muchas veces comentamos lo difícil que resulta hoy en día implicar a la gente, sobre todo si lo comparamos con años pretéritos en los que la palabra militancia cubría muchas de las actividades. E incluso asociamos esa disminución de la participación a un hecho generacional: los y las jóvenes no se implican. En mi opinión es cierto que existe una diferencia de grado de implicación, y quizás las organizaciones tengan que buscar nuevos modos de llegar e implicar a la gente, pero no es menos cierto que, al menos en nuestro entorno, persiste una cultura social de la organización y de la participación pública, en el que se implican personas de distintas generaciones.

La segunda reflexión es la importancia del liderazgo de cara a la viabilidad de este tipo de eventos. Por encima de otros factores como los económicos o los operativos, el hecho de que una o varias personas asuman el papel de organizadores de la actividad posibilita que en muchos las cosas salgan adelante pese a las mil y una dificultades que estos eventos plantean. A todas esas personas mi más sincero reconocimiento.

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